LA MUERTE DE MI COMPAÑERO.
LA MUERTE DE MI COMPAÑERO
Cuando la muerte visitó mi casa, la devastación fue tan enorme que el mundo se volvió del revés, dejó de tener sentido y estuve al borde de la locura y de perder la vida. Me había visitado otras muchas veces, pero en esta ocasión se llevó el amor que yo más he querido nunca. Y el que más me quiso.
Perdida, sin rumbo, sin consuelo, muy pocas personas supieron tratar con mi desesperación. Y en su lugar yo tampoco habría sabido hacerlo. Y es que la mayoría de las herramientas que nos enseñan para lidiar con nuestro dolor y el ajeno se establecieron en nuestro sistema de creencias a una edad muy temprana. Y son incorrectas. Pocos serán los que tuvieron unos padres que se sentaran con ellos siendo niños para explicarles el dolor y cómo manejarlo de manera eficaz. La mayoría de nosotros vimos cómo nuestros mayores batallaban con los sentimientos de pérdida y lo que vimos se convirtió en la plantilla de cómo manejaríamos todas las pérdidas en el futuro. Mientras aprendíamos estas cosas, nunca nos dimos cuenta de que la mayoría de ellas tenían muy poco valor cuando se trata de abordar el dolor emocional, el propio y el ajeno, de una forma saludable.
Los estereotipos más comunes para manejar el duelo son: no te sientas mal, anímate, no llores, tienes que superarlo, el tiempo lo cura todo, sé fuerte, tienes que salir más, mantente ocupada…
Evidentemente estas “reglas de contención” que “debemos seguir” no surgieron para que tú te sientas mejor sino para que a los demás les sea más fácil tratar contigo. No dudo de las buenas intenciones de nuestra familia y amigos, quieren ayudar, pero la mayoría de ellos no comprenden cómo nos sentimos. Estos consejos que me daban coartaban mi necesidad de expresar mis sentimientos, y los reprimía hasta el punto de que me devoraban por dentro. Yo solo necesitaba ser acompañada, consolada y escuchada, que pudiera validar mi dolor en los ojos de otro. Pocos supieron hacerlo del modo adecuado (gracias infinitas) y la mayor parte del tiempo elegí la opción del autoaislamiento, pues, si no puedo llorar o desahogarme con alguien prefiero gritar y desgarrarme a solas. A veces me resulta más fácil evitar a los demás que lidiar con más consejos agotadores e irritantes. O también para evitar que me pregunten cómo estoy. Ellos quieren que sea fuerte porque les entristece —y en algún caso les incomoda— verme mal, y cuando me preguntan respondo: “estoy bien” o “voy mejor”, cuando en realidad lo que quiero contestar es: “¿de verdad quieres saberlo?”. Y sin olvidar que apenas nadie menciona a Pepe. No tengáis miedo a dañarme: necesito que hablemos de él tanto como respirar.
En nuestra sociedad se alaba el modelo de duelo sobrio, en el que todo el mundo comenta: “cuánta serenidad tiene, es fuerte, lo lleva muy bien…”, sin saber que mientras tanto estoy en casa con los puños apretados y con un cojín encajado en la boca para que nadie me oiga gritar.
Aunque no lo creamos, nuestro cuerpo tiene todas las capacidades necesarias para afrontar el dolor. Pero si reprimimos estas emociones o no realizamos ninguna acción positiva para enfrentarlas, a nuestro cuerpo no le queda más remedio que dar un reventón emocional y nos envía señales para informarnos de que hay un problema. Hay muchas formas en las que nuestro cuerpo nos avisa de que algo va mal. Yo padecí dolores de cabeza y musculares, insomnio, confusión, desarrollo de úlceras, sangrado, calambres, palpitaciones del corazón, tensión baja, pérdida de masa muscular, desmayos, vómitos, diarreas, falta de apetito, erupciones cutáneas, agitación, ansiedad, pánico, somnolencia, alucinaciones auditivas, falsos síntomas de infarto… Locura.
Disfrazar el dolor no sirve de nada. Hay que llorarlo, gritarlo, sacarlo del pecho. Es como el pus: debe supurar hasta que la herida quede limpia. Y si hemos cuidado bien esa herida nos quedará una cicatriz que seguro será sensible por siempre, pero la infección habrá desaparecido.
Ese sufrimiento inicial (la infección) es inevitable, hay que pasarlo, sangrarlo. Un puñadito de familia, amigos y Talitha estuvieron ahí dándome su tiempo y sus cuidados del modo en que yo necesitaba. Ese acompañamiento primero me ayudó a desahogarme, luego me proporcionó consuelo y finalmente empecé a salir de la locura. Poco a poco mi cuerpo dejó de sentirse enfermo y mi mente fue capaz de empezar a pensar y de activarse en otras direcciones. Entonces llegué a un estado de tristeza calmada, donde el amor agradecido y los recuerdos regresan puros, no contaminados por la desesperación infinita y el horror.
Aún me falta la alegría, pero voy recuperando el gusto por las cosas que me entusiasmaban y me levanto por las mañanas con más energía de la que he tenido en los últimos 18 meses, aunque de vez en cuando regresan los días terribles. Espero que la alegría regrese también porque la echo mucho de menos. Casi tanto como a Pepe. Estoy en ello.
¡Ama y ensancha el alma!
20 agosto 2020
Concha Moral
