¿Cuántos órganos tenemos dentro del cuerpo? Yo empiezo a contarlos y como no los puedo ver me pierdo (vaya, creo que me he contado el corazón dos veces. Vuelvo a empezar).

El órgano que mejor me encuentro es la piel porque me la puedo ver. Sí, la piel es un órgano, el más grande que tenemos y con el que sentimos y percibimos el mundo de forma instantánea. Sentimos el calor de una caricia, los pies fríos de nuestro compañero, la fiebre de nuestro hijo, las arrugas en la cara de nuestra madre, el sudor después de hacer el amor, las uñitas afiladas de nuestro bebé, los dulces besos en el cuello, notamos cuando se deslizan las lágrimas por nuestras mejillas, cuando fruncimos el ceño y cuando se nos hacen arruguitas en la comisura de los labios a fuerza de sonreír.

En este tiempo terrible de COVID19 tengo la piel más hambrienta que nunca. Las medidas de precaución así lo requieren. Podemos charlar con nuestra gente, pero no es lo mismo. Llevo sin tocar y sin ser tocada desde antes del confinamiento. La última persona que lo hizo fue un ginecólogo al que ni siquiera conocía.

Me pregunto si los órganos se mueren de no usarlos. ¿Tendrá memoria mi piel? Cuando todo esto pase, ¿será capaz de acordarse de lo que es un escalofrío?

Pepe y yo solíamos repasarnos los lunares del cuerpo para ver si alguno había cambiado de forma y tamaño. Lo hacíamos como un ritual, tocando despacito la partitura, haciéndonos cosquillas, contándonos los agujeros negros de la galaxia de nuestra piel, esos en los que entras y todo es misterio. (¿Y quién me rasca ahora la espalda?)

Yo me acaricio y me doy masajes para mimarme, pero no es lo mismo. Es como cuando alguien me lava el pelo: el cuero cabelludo estalla en diminutos placeres no comparables a cuando me lo lavo yo misma. Mucho mejor lo primero, ¡dónde va a parar!

Pero hasta que volvamos a poder abrazar, tocar, sentir, besar, acariciar, dar masajes (y mensajes), pellizcar, oler otra piel, revolcarnos, apretarnos, contar lunares y lavarnos el pelo unas a otras, tendremos que conformarnos con nuestras propias manos. Es el onanismo de la piel.

Mientras tanto, por si acaso a mi piel le falla la memoria, seguiré entrenando, mimándome y tocándome, comprobando que estoy entera, repasando las viejas arrugas de felicidad, las nuevas de la tristeza. Y conteniendo las ganas de salir corriendo a la calle y abrazar a cualquier desconocido.

Puede que la piel sea una región finita pero cuando es acariciada se vuelve infinita, se expande, se curva, se prolonga. Espero que mi piel no se vuelva de lagarto prehistórico y pueda conservar la memoria de la seda. Ensayo echándome un baile abrazada a su guitarra. El próximo baile me lo echaré contigo.

¡Ama y ensancha el alma!

Concha Moral

El padre de una compañera del colegio murió cuando ella tenía 12 años. Un día me la encontré después de muchos años sin verla. Estuvimos charlando y nos pusimos al día de nuestras vidas. Le conté que mis padres habían muerto y ella evocó aquel día terrible en el que tuvo que afrontar su primera pérdida. Me dijo que recordaba con mucha intensidad y gratitud que cuando llegué a su casa la tomé de la mano y no la solté en ningún momento; que así permanecimos durante horas, sin hablar, sólo cogidas de la mano. Yo lo recordaba perfectamente. Cómo no recordarlo. Cuando llegué, M. parecía perdida y sus ojos eran el doble de grandes: la estupefacción, la incredulidad, el horror agranda los ojos o los reduce a dos rayitas casi invisibles. Es la física del dolor.

Mi amado y maravilloso compañero murió hace 14 meses y lo que mejor recuerdo de este tiempo son los abrazos, los gestos, las lágrimas compartidas y ser escuchada por mi gente. A (casi) todos nos gusta ser validados de algún modo: que nos digan que dibujamos bien, que somos simpáticas o que tocamos genial la guitarra. Del mismo modo necesitamos validar nuestro dolor. Que el desgarro que sentimos no pierda su valor. Y eso suele suceder a causa de las palabras gastadas o desafortunadas. Dicho de otro modo: cuando alguien está en el peor momento de su vida, hay cosas que nunca se le deben decir.

Entiendo que es muy difícil encontrar las palabras adecuadas y no se duda de que se dicen con la mejor de las intenciones, pero hay frases que duelen o irritan y no es lo que necesitamos en ese momento. Ante la duda, da un largo abrazo. Consuela más.

«Yo lo quería mucho; lo voy a echar mucho de menos; cuánto me hacía reír; era muy dulce; qué buen amigo era; cuánto te quería; sin él el universo es más feo; no sé qué decirte: te quiero…» son ejemplos de palabras bienvenidas porque son un homenaje sincero. Me hicieron sentir gratitud y me proporcionaron consuelo.

«Todo sucede por una razón, confía en dios; la vida es así; haz cosas para entretenerte; tienes que hacer por vivir; anímate, el tiempo lo cura todo; lo que tienes que hacer es…» son ejemplos de palabras hueras que además hacen daño (y me ponían de muy mala leche). Sentía que me iba a volver loca. Contestaba con educación mientras por dentro quería estrangular al interlocutor y gritarle: «¡Mírame! ¿Es que no me ves, no lo comprendes? ¡Estoy muerta, muerta!». Y mientras yo asentía con la cabeza y soltaba por mi boca palabras llenas de coherencia y cordura para que quien me hablaba no se sintiera mal, el corazón me volvía a estallar en pedazos.

Tantos consejos me hacían sentir que no lo estaba haciendo bien y comencé a juzgar mi dolor y mis actos. Y eso me cabreó. Mucho.

Pero en algún momento lo comprendí todo (Talitha no es inocente de esta epifanía): que mi dolor es sólo mío, sólo yo marco los tiempos, los pasos, y no tengo por qué ocultar mi dolor para hacer que los demás se sientan mejor cuando me ven. Sólo yo decido lo que tengo o no tengo que hacer, lo que necesito y lo que no. Y si mis lágrimas han de cesar o ser un torrente infinito también lo decido yo.

Probablemente (seguro) yo cometí estos mismos errores con otras personas que sufrieron una pérdida, por eso os cuento esto, con la intención de que sirva de mini guía a quienes quieren consolar y no saben cómo.

Recuerda la alternativa del abrazo laaaaargo. ¿Y por qué largo? Porque me das tiempo a desahogarme, romperme, desmoronarme y confiar en ti, que es todo lo que necesito.

Y recuerda a esa niña que tomó de la mano a su amiga y no la soltó. Yo también lo haré. ¡Qué torpes nos volvemos cuando crecemos!

¡Ama y ensancha el alma!

[Risas finales. En el tanatorio un conocido se despidió y me dijo: «A pasarlo bien». Quedé primero atónita y luego me dio la risa (que tuve que disimular) porque pensé que a mi Pepe le habría hecho mucha gracia. Evidentemente el señor utilizó una frase hecha con la que quería desearme una noche tranquila en el tanatorio. En fin…]

Concha Moral

¿Qué sabe un niño de la muerte? Su cuerpo tiembla, respira, desprende vida. Entonces, ¿qué sabe un niño de la muerte?

En uno de mis viajes conocí a una chiquilla de ocho años de bellos ojos enormes y alegres. Le pregunté:

—¿Cuántos hermanos y hermanas sois?

—Somos siete, señor.

—¿Y dónde están ahora?

—Dos de nosotros viven en el pueblo de al lado y otros dos se han ido al mar. Dos más, una hermana y un hermano, yacen en el camposanto de la iglesia. Y yo, que vivo con mi madre en la casita que hay junto al cementerio.

—Dices que dos de ellos están en el pueblo de al lado y dos en la mar. Entonces dulce niña, ¿cómo puede ser que seáis siete?

—Ya se lo he dicho, somos siete. Dos de ellos yacen bajo un árbol que hay en el camposanto.

—Pero entonces sólo sois cinco.

—No le entiendo, señor. Puede ir y ver sus tumbas ya cubiertas de verdín, una al lado de la otra, a doce pasos de nuestra casita. Suelo ir allí a tejer mis medias, doblar mis pañuelos y cantarles canciones. Y a veces, tras la puesta de sol, llevo mi fiambrera y tomo la cena allí. Mi hermana Jane fue la primera en morir. Yació en su cama gimiendo de dolor hasta que fue liberada de su sufrimiento. Así que la pusieron allí, y cuando la hierba estaba seca, mi hermano John y yo jugábamos alrededor. Luego llegó el tiempo de las nieves y John también murió. Ahora yace a su lado.

—Pero si dos de ellos ya no están, ¿cuántos sois entonces?

—Pues somos siete, señor.

—¡Pero dos de ellos han muerto!

—Ya lo sé señor, pero somos siete. Siempre seremos siete.

[Adaptación y traducción libre de un poema de

¿Qué sabe un niño de la muerte? Su cuerpo tiembla, respira, desprende vida. Entonces, ¿qué sabe un niño de la muerte?

En uno de mis viajes conocí a una chiquilla de ocho años de bellos ojos enormes y alegres. Le pregunté:

—¿Cuántos hermanos y hermanas sois?

—Somos siete, señor.

—¿Y dónde están ahora?

—Dos de nosotros viven en el pueblo de al lado y otros dos se han ido al mar. Dos más, una hermana y un hermano, yacen en el camposanto de la iglesia. Y yo, que vivo con mi madre en la casita que hay junto al cementerio.

—Dices que dos de ellos están en el pueblo de al lado y dos en la mar. Entonces dulce niña, ¿cómo puede ser que seáis siete?

—Ya se lo he dicho, somos siete. Dos de ellos yacen bajo un árbol que hay en el camposanto.

—Pero entonces sólo sois cinco.

—No le entiendo, señor. Puede ir y ver sus tumbas ya cubiertas de verdín, una al lado de la otra, a doce pasos de nuestra casita. Suelo ir allí a tejer mis medias, doblar mis pañuelos y cantarles canciones. Y a veces, tras la puesta de sol, llevo mi fiambrera y tomo la cena allí. Mi hermana Jane fue la primera en morir. Yació en su cama gimiendo de dolor hasta que fue liberada de su sufrimiento. Así que la pusieron allí, y cuando la hierba estaba seca, mi hermano John y yo jugábamos alrededor. Luego llegó el tiempo de las nieves y John también murió. Ahora yace a su lado.

—Pero si dos de ellos ya no están, ¿cuántos sois entonces?

—Pues somos siete, señor.

—¡Pero dos de ellos han muerto!

—Ya lo sé señor, pero somos siete. Siempre seremos siete.

 

[Adaptación y traducción libre de un poema de William Wordsworth (1770-1850), por Concha Moral]

 

 

 

 

 

Querido/a: sé cómo te sientes. Tu pérdida es inmensa y el dolor te traspasa como cuchillos, como cristales que te desgarran por dentro. Es un dolor infinito y una desesperación que te destruyen, te bloquean, te quitan el aliento. Duele el cuerpo y el corazón. La tristeza lo llena todo y sólo ves ante ti una tiniebla feroz, un enorme abismo sin final.

¿Cómo se sobrevive a esta tragedia? ¿Cómo seguimos con nuestra vida cuando parte de ella se ha ido junto con nuestro ser querido? Recomponerse no es fácil, es un camino duro y lleno de altibajos, es un viaje en el que se pondrán a prueba toda tu fuerza y todo tu amor. El AMOR: esta será tu arma más preciada, tu herramienta más poderosa. El amor que te dieron, el que diste, el que darás y el que te darán.

No quiero escribir sobre lugares comunes, no usaré frases hechas, no te quiero decir que todo va a ir bien, que el dolor pasará, que estarás mejor algún día, porque no me vas a creer. Sólo quiero decirte que conozco tu dolor y que hay maneras de vivir con la pérdida.

También quiero darte esperanza y decirte que llegará un momento en que toda la energía que ahora empleas en el dolor y en la pérdida comenzarás a invertirla en la vida. Aprenderás a recordar a tu ser querido con gratitud y a conmemorar los años vividos, los recuerdos, las risas, las charlas, los abrazos, los mimos, los besos.

No hay plazos para esto, no hay una ciencia exacta para las emociones, pero tu cuerpo y tu mente pedirán a gritos dejar de sufrir, porque es terrible vivir eternamente con tanto desgarro. Permite que tus sentimientos te aborden tanto tiempo como sea necesario. Pero permite también que se vayan a pasear de vez en cuando para que te den un respiro, para que puedas recuperar fuerzas. El dolor regresará una y otra vez, pero su intensidad será cada vez más liviana, porque el amor sustituirá al dolor. El viaje que te espera no te va a gustar, te resistirás, querrás rendirte, tendrás miedo a olvidar, habrá días en que el sufrimiento ganará la partida, pero es necesario atravesar este desierto lleno de agujas porque la alternativa es mucho más aterradora: ser testigo de tu propia muerte en vida.

Sin ÉL, sin ELLA, tú ya no eres la misma persona y tienes por delante la tarea de descubrir quién eres ahora que te falta un pedazo de tu corazón.

Quiero decirte, por último, que en Talitha estamos para ti, para escucharte, para abrazarte. Sabemos lo que estás sufriendo y sabemos cómo acompañarte porque ya estuvimos donde ahora estás tú. Ven, corazón, y llora.

Despliega el aire, alumbra la claridad, abraza el dolor y la esperanza, el mar, el desierto, que aletee tu horizonte, bate las alas empapadas en lágrimas. Y recuerda con gratitud. Sólo por amor.

Concha Moral                                       

14-05-2020

Hay algo que me gusta de la Psicología positiva, sin olvidar que algunas cosas pueden no dársenos muy bien, pone toda su intención en lo que sí se nos da bien, en nuestras virtudes, en nuestras capacidades. Yo me siento una persona positiva, me gusta encontrar la parte cierta, práctica, lo bueno que me rodea. Y esto creo que es una de mis fortalezas. Algunas veces ver lo bueno es realmente difícil, por ejemplo, en el duelo. Cuando hemos sufrido una pérdida importante y la tristeza nos embarga, cuando sentimos rabia o culpa, cuando el sentirnos contentos puede parecer deslealtad, o cuando las circunstancias a nuestro alrededor son difíciles, apoyarnos en aquello en que somos buenos, en nuestras fortalezas, puede ser de gran ayuda.

¿De qué manera?

La curiosidad o la mentalidad abierta nos hará buscar y encontrar las herramientas que necesitamos.

La valentía, nos permitirá pedir ayuda, cuando solos no podemos.

Ser capaz de querer y dejarse querer, nos hará más fácil el camino, a nosotros y a los que nos quieren.

Perdonar y agradecer nos libera de los asuntos pendientes.

La perseverancia y la esperanza nos ayudan a crear una nueva vida, no será la misma, pero se puede volver a ser feliz. Sé que al principio puede parecer difícil, incluso imposible, pero se puede, todos tenemos la capacidad, solo necesitamos encontrar nuestra manera.

Estas son solo algunas de las fortalezas, busca tú las tuyas, aquellas cosas que se te dan bien, que te son útiles, que te llenan y te generan emociones agradables, poténcialas, apóyate en ellas, haz que te sirvan para lo que necesites. Y si te cuesta encontrarlas, te invito a que preguntes a tus conocidos, a la gente que te quiere. ¿Qué admiran de ti? Hazme caso, te sorprenderás.

En este tiempo de confinamiento para todos, de aislamiento para muchos, y de enfermedad para más de los que quisiéramos, donde emociones como la preocupación, el miedo, la tristeza o el dolor nos inundan, en TALITHA seguimos ayudando en el proceso de duelo; acompañamos en un camino que en estos días de coronavirus hay que añadirle, que no podemos estar en el hospital al lado de nuestro familiar, que están cerrados los velatorios, que tan solo tres personas pueden ir al cementerio en los entierros.

Cada pérdida es única siempre, nuestro dolor y el duelo es individual, y aun así tenemos muchas cosas en común. Cuando muere alguien muy cercano se te para la vida y crees que no vas a poder seguir, el dolor es lo normal y solo podemos vivirlo sin atajos, querer saltarlo no ayuda, pues saldrá de la peor manera más adelante. El duelo es ese trabajo que hacemos con lo que sentimos.

No sirve que pase el tiempo, el tiempo es necesario para que podamos dar sentido y elaborar todos y cada uno de los sentimientos y emociones que van llegando, desde el no me lo puedo creer ¿porque a mí…?, desde el enfado con lo que hice o no hice, lo que sucedió… hasta mi negociación con la vida misma y la rendición a lo que hay y como puedo hacer para seguir viviendo; incluso a veces la vida nos sorprende sintiendo que hemos aprendido… a apreciar más lo que tenemos, a decir más veces te quiero, a ayudar a otros. Y sobre todo a estar agradecido de la suerte de haber tenido a nuestro ser querido y de lo que nos ha dejado. Aunque para llegar a esto hace falta recorrer lo previo.

Todos tenemos la capacidad para elaborar el duelo, y necesitamos de valentía para pedir ayuda cuando sintamos que solos no podemos. En estos días que tenemos que estar en casa, y en algunas ocasiones estamos solos, debemos recordar que hay muchas personas a las que podemos recurrir, con quien compartir como estamos, amigos, familiares, profesionales.

En la intimidad que da el quedarnos en casa, podemos hacer muchas cosas, los rituales que nos ayuden a homenajear a nuestro ser querido nos harán bien. Escribir una carta o un diario, expresando lo que estamos viviendo, también pensemos en los niños, que pueden hacer por ejemplo un dibujo, organizar un espacio donde poder tenerle presente, con fotos, velas, algún objeto de nuestro ser querido, o una caja de recuerdos.

Ampliar la mirada, para ver más allá de la presencia física, de la necesidad de contacto, es un acto de amor.

Desde Talitha queremos acordarnos de nuestros niños, que estos días de Coronavirus están viviendo el confinamiento con gran valentía, nuestro programa «Arya siempre contigo», nos permite ver en los coles como responden ante las emociones que van apareciendo en el cuento que se representa, y casi siempre nos sorprende que tratan el tema con mas normalidad que los adultos, aquí van algunas ideas para vosotros. Y os dejamos el cuento al final del texto, en un enlace, para quien no lo tengáis

Pilar Martínez.

En las últimas décadas en nuestra sociedad, es común que al niño/a se le aleje de la presencia real de la muerte. En general, las familias  procuran que “sepa” lo menos posible, así que, si pregunta, se cambia de conversación o se responde con evasivas. Asimismo, si en el entorno familiar tiene lugar una muerte, normalmente se aleja al niñ@ de esta experiencia cuanto sea posible, creyendo que lo mejor que se puede hacer por ell@s es evitarles el dolor y el sufrimiento que la muerte de nuestros seres queridos provoca. Pero, ¿realmente así se lo evitamos? ¿Podemos borrar a una persona querida de un plumazo?

Los especialistas tenemos claro que esta actitud no ayuda a los más pequeños a elaborar el duelo por la pérdida de sus seres queridos, es más, les crea confusión, más dolor y sentimientos como culpa y rabia que, mal gestionados, pueden complicar el proceso. Al igual que los adultos, los niños necesitan elaborar la pérdida de sus seres queridos, es conveniente facilitar la expresión de sentimientos y darles la oportunidad de despedirse de una forma que sea válida para ellos.

Con los acontecimientos surgidos en las últimas semanas, es común que las familias tengan que enfrentarse a contarle a un niño/a que un familiar ha fallecido,  por ello, hoy queremos dejaros unas pautas para manejar esta situación que en ocasiones los adultos no sabemos muy bien cómo afrontar y lo haremos respondiendo a cuatro preguntas.

¿Cómo contar a un niño/a que un familiar ha fallecido?

  • ¿Quién debe darle la noticia? Sin duda, la persona más cercana al niño/a. Madre o padre si es posible, ya que son las personas con las que tiene un vínculo más fuerte, las que mejor le conocen. Esto les convierte en las personas que mejor pueden hacer esta labor.
  • ¿Cuándo contarlo? Cuánto antes. Podemos ayudar al niño/a a gestionar la pérdida si le adelantamos que la persona está muy enferma. No es conveniente dejar al niño/a con familiares, sin saber que sucede, mientras pasan todos los ritos funerarios, cuando se actúa de esta forma, generalmente, los niños/as saben que pasa algo en la familia y con frecuencia sus fantasías son peores que la realidad. Lo mejor es contarle al niño/a lo sucedido cuanto antes y darle la oportunidad de despedirse de su familiar. Los protocolos que se están poniendo en marcha con el covid-19 no facilitan que los niñ@s puedan asistir a los funerales pero sí que es posible que participen en la despedida familiar, ya sea una videollamada familiar que sirva de funeral, o algún acto que se lleve a cabo para recordar a la persona. De esta forma se sentirán incluidos en la familia y se facilitará la gestión de la pérdida.
  • ¿Cómo se lo contamos? Con cariño, cercanía, contacto físico, amor, evitando distracciones (televisión, móvil,…) Sin mentiras y escuchando las dudas y necesidades del niño/a. Con una adecuada comunicación no verbal, es decir, estar a su misma altura, mirarle a los ojos,… Cuando un niño/a pregunta es porque necesita saber, en ocasiones, podemos no entender su punto de vista, pero es importante ser sinceros. También podemos decirles que no sabemos contestarles o preguntarles, que creen ellos/as sobre ese tema.
  • ¿Dónde? Lugar tranquilo, íntimo, sin interrupciones. Donde ambos se sientan cómodos y puedan llorar, abrazarse o lo que necesiten.

Esperamos que estas pautas os resulten útiles para hablar con vuestr@s hij@s de este tema.

Verónica Soler. Psicóloga coordinadora del programa “Arya, siempre contigo”

Pincha para visualizar cuento  Cuento Talitha

«Muchos ahora están perdiendo a sus seres queridos por el Coronavirus en circunstancias que intensifican la angustia y la tristeza. Me refiero al hecho de que se les prohíbe hacer contacto físico porque estas personas queridas están en aislamiento. Lo mejor que puede suceder puede ser decir adiós a través del cristal de una sala, si se les permite entrar al hospital. Este tipo de situación no es nueva. Pero nunca ha sucedido a tal escala y se está volviendo cada vez más común.

Me gustaría ofrecer la siguiente práctica simple con la esperanza de que ayude a aliviar el dolor de la pérdida y disminuya la sensación de impotencia y frustración que esta situación está creando. Es una práctica que he ido compartiendo a lo largo de los años a personas que no podían estar físicamente presentes durante el proceso de morir de su ser querido por las razones que fueran.

Si no puedes estar al lado de tu ser querido, lo importante es mantenerte conectado en el corazón. Confía en el poder de esta conexión para acompañar a distancia. Tomar el tiempo que necesitas.

Sentarte en silencio. Pon una mano sobre tu corazón. Déjalo respirar y sentir el movimiento bajo tu mano. Mientras que lo haces, dejarte sentir y expresar todas las cosas que estás reteniendo: tu ansiedad, tu miedo, tu ira, tu tristeza, tu culpa etc. Si son emociones fuertes, dejarlas fluir junto con tus lágrimas y tu llanto.

Ahora visualizar a tu ser querido que acompañas en tu corazón. No hagas ningún esfuerzo. Solo dejar llegar a los recuerdos. Conectarte con los momentos hermosos que has compartido: un paseo por el parque, un día en la playa, una comida compartida, una conversación, un viaje al extranjero…

Guardar estas imágenes, o simplemente una imagen en tu corazón y déjate hablar con esta persona. Explícales todas las cosas que aún están por decir. Si ha habido problemas, pide su perdón y dale el tuyo. No hace falta explicar o justificar. Lo importancia es hacer las paces.

Enviarle tu amor y coraje. Visualizar acariciar la cara de tu ser querido/a, abrazarle, besarle. Recordar la mirada en sus ojos, escuchar su voz, el toque de su piel, el aroma de su cuerpo.

Finalmente, cuando estás preparado/a para dejarle ir, acompañándoles siempre con tu amorosa compasión, desearles lo mejor en su viaje. Dile que no se preocupe por los que deja atrás. Asegurarle que estarás bien»

Tew Bunnag

PUBLICADO POR MAR CORTINA EN   https://www.marcortina.com/lo-que-si-podemos-hacer/

La capacidad del ser humano ante la adversidad y la muerte. Lo que SÍ podemos hacer.

Cuando se nos muere alguien muy querido, incluso previéndolo por enfermedad, el solo hecho de entrar en contacto con la realidad del para siempre, invita a veces a querer morir con él o ella por no poder imaginar una vida sin su compañía. Y, de alguna manera, lo hacemos. La muerte siempre es incómoda y altera el orden de las cosas, la muerte nos desplaza a vivir y amar desde otro lugar interno, un lugar desconocido hasta entonces, al que nos tenemos que ir acostumbrando pero eso a cada cual le lleva un tiempo porque el duelo es íntimo y personal.

El ser humano se ha adaptado a todos los ecosistemas posibles, ha luchado por la vida y nosotros en la nuestra, también.  Hemos ido adaptándonos a las situaciones inesperadas, a los cambios, a situaciones dolorosas y adversas de las cuales pareciera que no vamos a salir vivos, pero acabamos haciéndolo, -y a veces, increíblemente, aún más vivos- porque disponemos de las herramientas personales suficientes para hacerlo y porque la Vida hace un llamamiento muy potente a seguir en ella con nuestro clan, con los que sí están vivos. Y nos necesitan y les necesitamos.

El hecho de no poder despedirse físicamente de nuestros familiares, de no poder darles un final digno trastoca aún más esta adaptación a una vida que va a incluir la ausencia.  Convertir esto en una queja social puede no estar ayudando a las familias que acaban de entrar en duelo, más bien podría dar la idea de irreparable e injusto. Dejemos salir nuestra rabia e impotencia, escribamos una carta a la muerte, pero repongámonos porque la muerte siempre es injusta o eso nos parece. Repongámonos por la persona que se ha ido y démosle su adiós, compartiendo el dolor y la readaptación que incluirá su recuerdo, démosle un adiós del tamaño del amor que le teníamos, expresemos eso también, sin coche fúnebre, sin visita al tanatorio o al cementerio, sintiendo que fue ese amor, el que le profesamos en vida lo que le acompañó, porque no ha sido nuestra elección, ha sido lo que en estos momentos únicamente puede ser, aceptando lo inevitable, lo incontrolable y acostumbrándonos a la impermanencia inherente a la vida, aunque cueste mucho encajarlo. No elegimos lo que nos sucede, pero sí tenemos la libertad de elegir la actitud que ponemos ante ello.

Los rituales empiezan y acaban situaciones y es necesario hacerlos porque se puede aplazar un concierto pero no un adiós.

    ¿Cómo hacer cuando no se puede hacer físicamente? Acudid a la imaginación de los/as niños/as, acudid a la vuestra. Podemos decir adiós de cualquier manera siempre que sea genuino y nos salga del corazón. No será lo mismo que un funeral presencial pero cumplirá su función. Decidimos el día, nos vestimos para la ocasión, ponemos una cámara e invitamos a los amigos y familiares, hacemos un panegírico, hablamos de lo que nos aportó, de lo que le quisimos, de lo que nos produce no haber podido estar con él o ella en su final pero sin centrarnos en ello únicamente,  que cada uno/a aporte su color a ese adiós, sea cual sea nuestra idea de transcendencia, calmará sentir que de alguna manera nos ve y nos agradece, podemos poner la música que le gustaba, podemos leer un poema, poner las fotos donde estamos juntos, traerlo un poco a la vida, hagamos una buena comida en su honor, su plato favorito y hablemos de sus manías y de sus virtudes e…imaginar que sonríe ¿por qué no?.

   Con los niños/as podemos proponerles hacer juntos/as la caja del abuelo/a con los recuerdos compartidos, las gafas de ver lo invisible, un árbol genealógico dónde aparecemos todos, los vivos y los muertos, y sentir que pertenecemos a esa gran familia donde se nace, se ama y se muere para seguir la rueda de la vida, un funeral virtual puede ayudar a destensar nudos familiares, a un reencuentro y, sobre todo puede ayudar a quedarnos un poquito más en paz.

¿Qué podemos sacar de positivo de una situación que parece no tener nada de eso? No aplazar los Te quiero ni los Lo siento, cerrar asuntos pendientes, tener los sentimientos al día, no esperar a que esto se acabe, vivir el hoy con todas sus oportunidades, cuidarnos en todos los sentidos y cuidar a los que queremos, presencial o virtualmente, lo que cuenta es la intención y las ganas. Ofrecer nuestro tiempo, nuestras habilidades, la generosidad equilibra la tristeza y le da sentido a lo sucedido, nos deja buen cuerpo.

   Ampliemos la mirada, quizás sea el momento de pensar que, cuando vivíamos de espaldas a la vejez y la muerte, muy deprisa y casi exclusivamente para el trabajo, también había muchísimas personas, como ahora, que mueren solas y sin nada que llevarse a la boca.

  Vivamos intensamente el día a día, ahora que podemos, llenémoslo de ternura, de paciencia y de empatía para que cuando la parca entre en casa, podamos dejarnos y dejarles ir. Vivamos en paz para poder morir en paz. A esto nos invita la muerte: a amarnos mucho y decirnos adiós un poquito cada día.